Embarazada y con Parkinson

La alegría de mi tercer embarazo estuvo opacada por la duda de si el medicamento le haría daño a la bebé. La especialista en fármacos no me pudo garantizar que no haría efecto en ella. Interrumpí el medicamento. No fue una decisión difícil. Solo llevaba tres meses tomándolo ya que me lo habían diagnosticado hacía muy poco.

Ahora mi miedo era otro, si por el Parkinson podía llegar a perder el embarazo, ya que había perdido uno hacía 5 meses. Me aseguraron que no tenía nada que ver con el Parkinson.

Pasé todo el embarazo con miedo a perderlo, creo que toda mujer que perdió uno teme perder el siguiente. Pero mi miedo era otro, el TIEMPO. Mi tiempo de poder estará sin medicamento era limitado. Es degenerativo, cada día estoy un poco peor. Era un gran esfuerzo estar embarazada.

Asi viví este embarazo sabiendo que sería el último. Esa certeza tiene su encantó. Valoré cada instante mágico y único que tiene la espera de un hijo. Disfrute cada vez que escuché su corazón en la máquina del Obstetra, abracé cada movimiento de mi bebé dentro mío. Dar vida es excitante, y sabía que jamás lo volvería a hacer. A este punto de la enfermerdad tenía pocas certezas, esta era una, y me generaba alivio.

Transité esos meses sin medicamento con paciencia y sabiendo que era temporal, soporté la rigidez que no me dejaba dormir, y la lentitud que entorpecía mi caminar, pero que a los ojos de otros parecía  culpa del embarazo.

Poco sabía entonces que el embarazo sin medicamento no era el desafío, el verdadero desafio fueron los primeros meses de vida de mi pequeña, diminuta, indefensa e insaciable bebita linda. Ahora era la tan ponderada lactancia la que me impedía retomar los medicamentos. Claro que podía seguir unos meses más sin levodopa. Pero la beba fuera de mi bientre requería una dedic física que había soslayado. Me encontré con un lado mío muy oscuro. Nunca había sentido tanta rabia, tanto enojo. Cuando no conseguía que la pequeña se durmiera me transformaba en un ser furioso que patea puertas para evitar pegarle a alguien. Pegaba gritos de angustia y enojo al techo. Y ahí quedaban, porque nadie los  escuchaba más que mis dos hijas, porque nadie más supo el infierno que viví. Nacho me vio enojada, me vio maldecir, me vio acostar a la beba en la cama con urgencia y salir del cuarto para calmarme y no lastimar a nadie. Pero nunca supo el odio que A80BD8C3-71F4-4DC9-A541-664DFD218298.jpeg

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