Perder tres embarazos

Estuve embarazada cinco veces. Tengo dos hijas, perdí tres. Dos muy temprano, uno ya con forma y color, manos y sonrisa. Cuando dejó mi cuerpo, estaba sola en el baño de casa a las 4 de la mañana, sentí salir algo diferente, algo con un cuerpo más sólido y completo que los miles de coágulos de sangre  que venían cayendo hasta ahora. Miré dentro del hinodoro y ahí estaba mi bebé sin vida. Lo sostuve en mi mano, ocupaba solo tres dedos, pero pude ver su nariz, sus ojos profundos sin párpados, y juro que sus labios sonreían . Me hizo pensar en los embarazos intencionalmente interrumpidos, en el debate de si es vida con alma. Solo se que ese “feto” era un bebé, nuestro bebé, y lloré abrazada al hinodoro y luego a mi marido que me sostuvo mientras ocultaba su horror al ver tanta sangre en el piso blanco. No nos alcanzaron las toallas para limpiar toda esa sangre que hubiera sido su hogar por cinco meses más. “No pudo llenarse la boca de vos” me resuena mil veces en la cabeza, “lo soñé corriendo, abrigado en sudor…”

A los tres meses me quede embarazada otra vez. Carlotita, ella llegó temprano a la mañana y la parí casi sola. Aguantando en mi casa las contracción para no dejar sola a la mayor. No salimos para el sanatorio hasta que el dolor y la frecuencia eran un abuso, y supe que estaba por llegar. Ese fue el momento en que mi cuerpo entendió que ahora tenía que cuidar de dos personas, y que iba a tener que ser rápida en saber cuando priorizar a una u otra. Me costó mucho, todo mi ser era para la mayor, mi única hija. Ella me hizo madre. Con ella aparecieron músculos nuevos en mi cuerpo, cuidados que nunca antes había ofrecido, miedos que no me importaban, y un amor puro y absoluto.

Volviendo al día en que nació la pequeña carlotita, me acuerdo vivamente cómo temblaba todo mi ser en una sala fría mientras me ponían la epidural, y luego los cinco pujos que la trajeron a mis brazos. “Sos una leona” me susurraba mi marido. Leona.

Por siempre voy a guardar en mi corazón ese momento mágico en que el cuerpo virgen de mi bebé pasó por mi vagina, llevándola al extremo. Aún puedo cerrar los ojos y ese instante eterno sigue vivo en mí, esa sensación ancestral que nos une con las infinitas mujeres que nos precedieron y con las millones que vendrán. Es una complicidad que el hombre nunca saboreará. Es por lo que toda madre llega a aprender que no se juzga a otra madre, porque somos una, porque todas parimos, sangramos y amamos. Porque ser madre nos recuerda que somos del reino animal. Somos fuertes como las yeguas, somos protectoras como las las lobas y bravas como las leonas.

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